domingo, 23 de mayo de 2010

Por una simple imagen...

Estoico dolor

Algo se ha roto en mil pedazos dentro de mí,
no sé cuándo ni cómo,
pero es ahora
que siento los cristales estallar.
Uno tras otro
se precipitan en el lago
donde guardo todas mis penas,
lágrimas saladas de agua dulce
que amargan el silencio,
ese silencio imposible de uno mismo
cuando está con nadie.

¿Qué hacer cuando un corazón de piedra se quiebra
y vuelve a sangrar lava incandescente?
¿Qué hacer cuando el aliento
se convierte en un resuello entrecortado?
¿Qué hacer cuando el alma es un seísmo
que hace temblar toda tu piel, todo mi ser?

Algo se ha roto en mil pedazos dentro de mí,
no sé cómo ni cuándo,
pero es ahora
que siento los cristales estallar.
Uno tras otro
explosionan y me empujan,
me arrastran inevitablemente
hacia ese abismo sin explorar,
oscuridad dormida que comienza a despertar,
cada vez más lúcida,
cada vez más dolorida,
como realidades inconexas
que se mezclan en el recuerdo
para evocar batallas perdidas.

¿Qué hacer cuando los sueños son igual que la vigilia?,
vigilia tormentosa y repleta de espinas.
¿Qué hacer cuando las rosas sangran y se marchitan
entre unas manos de ponzoña y ruina?
¿Qué hacer cuando los pétalos se deshacen como el barro?,
frente a mí, frente a mis años, frente a mi vida.
Qué hacer si el amor es una quimera enloquecida
que rompe algo en mil pedazos,
no sé cómo ni cuándo,
pero es ahora que siento estallar los cristales
de espejismos y recuerdos olvidados.




miércoles, 19 de mayo de 2010

lunes, 10 de mayo de 2010

Memorias de un Náufrago

Capítulo 4 – Amante de la Lluvia

Han pasado ya dos días y continúa lloviendo a pesar de la primavera. No paro de pensar en la mujer del bar, en la noche que compartimos creyendo conocernos siendo completos desconocidos, noche dulce, apasionada, irreal en todos los sentidos porque lo idílico solamente existe en la poesía.

Aquello apenas tenía sentido, era como una realidad mal soñada, como una incoherencia inevitable de las que nunca llegas a comprender y sin embargo se repite una y otra vez cual eterno retorno nihilista. Y aquí sigo yo, esperando a que lluevan del cielo respuestas, dejando pasar el tiempo sin pena ni gloria mientras las sucesivas copas de ron nublan mis sentidos y despiertan mi imaginación bohemia.
Noche tras noche siempre visito el mismo bar, aquel en el que la encontré a Ella, aquel en el que Ella me encontró a mí, ese mí que nadie conoce excepto mi yo más profundo. Me siento en el mismo taburete, me apoyo en la misma barra y pido siempre el mismo brebaje para ahogar las penas. Lo bebo de forma ausente como si no hubiera nadie a mí alrededor, esperando como un estúpido por si volviera a cruzar la mirada con aquellos ojos inocentes de ternura casi infantil, aquellos ojos hipnóticos y profundos que guardaban océanos de misterios y mares de dudas.

Creo que ya es hora de que me marche de este bar, así que dejo el dinero en la barra, me enfundo en mi chupa y salgo a la calle para que las gotas de lluvia acaricien mi rostro cansado y dejen surcos de nostalgia. Camino con las manos en los bolsillos mirándome los pies para crear la sensación de ir solo por las calles de una ciudad vacía y gris fiel reflejo de mis sentimientos; cada cual dibuja la ciudad con la paleta de colores que porta su alma. Y hablando de colores, ¿qué habrá sido de mi cuadro?, he estado tan perdido intentando encontrarla a Ella que lo he olvidado por completo. Quizás encierre alguna pista, quizás sepa darme respuestas.
Acelero el paso impaciente por ver si se ha producido algún cambio en ese lienzo que me regaló aquel extraño hombre, aligero el paso empujado por la curiosidad de ver si tengo algo a lo que agarrarme para seguir adelante.

Por fin llego a mi casa, saco las llaves con manos temblorosas y abro la puerta, entro y subo las escaleras impaciente y antes de entrar en mi cuarto me detengo un instante, respiro hondo y saboreo el rocío que se ha formado en mi bigote. Abro la puerta, entro, me introduzco en la penumbra acogedora de los días nublados y observo como las lágrimas de las nubes azotan los cristales de la ventana buscando un punto débil para poder entrar; giro la vista y ahí está mi cuadro, las manos me tiemblan y el corazón parece entrar en una especie de trance frenético siguiendo el ritmo de unos tambores tribales que golpean mi pecho de forma violenta. De repente me quedo paralizado, me asaltan las dudas, me envuelven los miedos dando fuerza a mis más temidos fantasmas. Cierro los ojos y me acerco al cuadro, ordeno mis pensamientos, espanto a los malos espíritus a golpes de esperanza y me preparo…sea lo que sea necesito verlo, necesito ver qué encierra mi cuadro, necesito respuestas.
Abro los ojos y me enfrento cara a cara con la Verdad, con mi verdad. Me concentro y observo paciente el lienzo: la isla, la sombra bajo el árbol y…y Ella, una sombra que se antoja femenina con su larga melena al viento. Noto que me mira desde un halo de penumbra que envuelve la circunstancia, me mira serena y tranquila como si quisiera decirme algo, me acerco más y escucho algo…”Estabas buscando en el lugar equivocado, siempre he estado aquí, esperando. Sabes que soy amante de la lluvia como tú Náufrago”.

Todas esas palabras salidas de la nada se agolpan en mi mente y me golpean como las aguas de un río contra una presa. Es entonces cuando comienzo a comprender, ahora soy consciente de que mi cuadro es realmente algo más que un simple lienzo enmarcado, ahora comprendo y sé que mi cuadro es realmente mi subconsciente que dibuja aquello que anhelo, aquello que no se puede expresar con palabras, aquello que necesita una paleta de colores, colores del alma.

domingo, 2 de mayo de 2010

Noches de Bohemia...

La Noche eterna

A veces sobran las palabras,
a veces sólo hace falta música,
a veces es necesaria la huida
para poder encontrar
aquella esencia perdida.
Huida hacia lugar incierto
tan certero como la materia física,
encontrar algo más
que piedras de arena suicida.

A veces, sólo a veces,
la noche no termina,
la Luna batalla con el Sol
para mantener
a las estrellas encendidas,
que somos jóvenes y hermosos,
que la guerra no está perdida
y el olvido es un aliado
de dudosas manos limpias.

A veces, cuando miro al cielo
creo ver señales divinas,
¡vive!, me recriminan,
y es que a veces el flujo del tiempo
me empuja por caminos sin salida,
surcos de vida vespertina.

A veces las palabras
necesitan melodía,
crear algo nuevo
de antiguas poesías
a las que les faltaban versos
y les sobraban mentiras,
incertidumbres por mis errores,
por mis tropiezos en la vida.

A veces un destello de Luna
rompe la cruel opacidad
oscura y sombría,
nuevos colores se revelan
y completan un lienzo en verso
que me da fuerzas para abrir
aquella ventana perdida.

A veces, sólo a veces,
sé quien soy
y me reconozco en ti,
tú que te reflejas
cuando yo me miro al espejo
y sonrío al reconocer
al hombre circunflejo
de mirada ausente pero fija.