lunes, 2 de marzo de 2009

Memorias de un Náufrago


Capítulo 3: Amante de la Luna

Me invade esa sensación que acude a todo ser soñador cuando sueña que cae por un precipicio y, con el corazón alterado, abro los ojos. Me despierto y me incorporo pesadamente en la cama, estoy en mi cuarto, como si todo lo sucedido no hubiera sido más que un extraño sueño.
Todo está en su sitio y el cuadro sigue ahí, aunque ha cambiado de nuevo. Ahora, lo que antes parecía un bosque mediterráneo, es una isla desierta; las dos figuras siguen donde estaban, difusas y extrañamente familiares.
Me asomo por la ventana, ha anochecido y está lloviendo. Decido que es mejor salir y despejarme para poner en orden mis alborotados pensamientos.

Es una noche lluviosa en las oscuras calles de mi ciudad. Mis pisadas quedan mudas ante el repiquetear de las gotas de un incesante monzón en época equivocada. A pesar de la lluvia la sensación no es fría, un extraño calor recorre mi cuerpo con cada inhalación de aire que entra en mis pulmones. Me voy empapando por la falta de un paraguas, nunca llevo paraguas.
Voy caminando y, entre las sombrías fachadas de los edificios, veo que todavía queda un garito abierto que da un poco de luz a la calleja, entro. El local está ambientado con una música que no sé clasificar, espero que el encargado sea más diestro al servir copas. La decoración es más propia de pub inglés que de tasca española. Curiosa fauna la de aquel sitio, parecían salidos de alguna película de piratas, incluso había un tipo con un parche.
Me dirijo a la barra y me siento en una banqueta como buen samaritano, rápidamente, el barman se me acerca y balbucea algo que supongo tiene que ver con lo que quiero tomar, porque yo tranquilamente le respondo “una cerveza” y aquel orondo señor asiente y, acto seguido, rellena una jarra hasta sus bordes con una capa suave de espuma y la deja ante mí con un golpe seco y firme.
Echo una ojeada al lugar y me veo allí sentado con la espalda curva y el bigote manchado de espuma, bajo la tenue luz amarillenta de unos faroles que cuelgan desiguales por el techo como estalactitas luminosas. El ambiente es tranquilo, sin demasiado ruido y poco humo de los condenados fumadores. Cada cual a lo suyo, concentrados en sus respectivas bebidas y en sus acompañantes, si los tenían. Así pues, me dispongo a imitar al común de los mortales y me sumerjo en mis pensamientos, intentando ahogar alguna que otra pena en el amargo brebaje dorado.
El tertuliano que se sienta a unos centímetros de mí, saca unas monedas de su bolsillo y las deja sobre la barra, no sin antes haber contado religiosamente la cantidad exacta y devolver el resto a su chaqueta, guardando el preciado metal que tantas alegrías y desgracias nos causa. El presunto pirata se levanta pesadamente y se marcha entre resuellos propios de un hombre cansado de la vida. Sin darme cuenta, me había quedado mirando en la dirección en la cual ahora no hay más que un hueco, pero grande es mi sorpresa cuando dos banquetas más allá, una mujer de largo cabello moreno, da largos sorbos a una cerveza mientras parece sumida en sus propias cavilaciones. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, no puedo dejar de mirarla. Ella alza la vista y me mira ofreciéndome una sonrisa de mirada cansada.

Tras dos tragos de cerveza, decido acortar la distancia y me siento junto a ella. Me presento y le pregunto por su nombre, ella me responde con una voz suave y dulce mientras me mira fijamente con unos ojos profundos e hipnóticos. Hay algo en esta mujer que me hace sentir una calma envolvente.
Comenzamos la típica conversación entre dos desconocidos, de esas que se tienen para trazar un pequeño esquema sobre el pasado, el presente y algo del futuro. Es como si fuéramos dos pintores que se están retratando el uno al otro en el mismo momento.
Apuro mi cerveza y veo que ella hace lo mismo, dejando las miradas fijas en las jarras como si quisiéramos adivinar tiempos venideros en los posos de la bebida. Alzo la vista y coincido con la suya, al instante cruza, fugaz, un pensamiento por mi mente y sin pararme a reflexionar le pregunto: “¿Quién eres?”. Ella, un poco contrariada, me mira con el entrecejo fruncido en actitud interrogativa como si no comprendiera la pregunta. Agacha la mirada y, tras unos latidos del corazón, alza la tez y aparta un mechón de pelo que cae juguetón sobre su rostro, me mira y me responde: “Soy amante de la luna como tú, Náufrago”.
Esa respuesta hace que mi piel se erice y siento una especie de oquedad en mi pecho lista para ser ocupada por una esencia que me complete. Siento como se acorta la distancia entre nosotros, sin la necesidad de movernos del sitio. Siento como su alma y la mía se conectan de alguna manera extraña.

1 comentario:

Anna. dijo...

Y en mi afan por encontrarme, me hallé en la ista perdida de estos pensamientos...

Gran texto.

Anna.