Lugares perdidos

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lunes, 10 de mayo de 2010

Memorias de un Náufrago

Capítulo 4 – Amante de la Lluvia

Han pasado ya dos días y continúa lloviendo a pesar de la primavera. No paro de pensar en la mujer del bar, en la noche que compartimos creyendo conocernos siendo completos desconocidos, noche dulce, apasionada, irreal en todos los sentidos porque lo idílico solamente existe en la poesía.

Aquello apenas tenía sentido, era como una realidad mal soñada, como una incoherencia inevitable de las que nunca llegas a comprender y sin embargo se repite una y otra vez cual eterno retorno nihilista. Y aquí sigo yo, esperando a que lluevan del cielo respuestas, dejando pasar el tiempo sin pena ni gloria mientras las sucesivas copas de ron nublan mis sentidos y despiertan mi imaginación bohemia.
Noche tras noche siempre visito el mismo bar, aquel en el que la encontré a Ella, aquel en el que Ella me encontró a mí, ese mí que nadie conoce excepto mi yo más profundo. Me siento en el mismo taburete, me apoyo en la misma barra y pido siempre el mismo brebaje para ahogar las penas. Lo bebo de forma ausente como si no hubiera nadie a mí alrededor, esperando como un estúpido por si volviera a cruzar la mirada con aquellos ojos inocentes de ternura casi infantil, aquellos ojos hipnóticos y profundos que guardaban océanos de misterios y mares de dudas.

Creo que ya es hora de que me marche de este bar, así que dejo el dinero en la barra, me enfundo en mi chupa y salgo a la calle para que las gotas de lluvia acaricien mi rostro cansado y dejen surcos de nostalgia. Camino con las manos en los bolsillos mirándome los pies para crear la sensación de ir solo por las calles de una ciudad vacía y gris fiel reflejo de mis sentimientos; cada cual dibuja la ciudad con la paleta de colores que porta su alma. Y hablando de colores, ¿qué habrá sido de mi cuadro?, he estado tan perdido intentando encontrarla a Ella que lo he olvidado por completo. Quizás encierre alguna pista, quizás sepa darme respuestas.
Acelero el paso impaciente por ver si se ha producido algún cambio en ese lienzo que me regaló aquel extraño hombre, aligero el paso empujado por la curiosidad de ver si tengo algo a lo que agarrarme para seguir adelante.

Por fin llego a mi casa, saco las llaves con manos temblorosas y abro la puerta, entro y subo las escaleras impaciente y antes de entrar en mi cuarto me detengo un instante, respiro hondo y saboreo el rocío que se ha formado en mi bigote. Abro la puerta, entro, me introduzco en la penumbra acogedora de los días nublados y observo como las lágrimas de las nubes azotan los cristales de la ventana buscando un punto débil para poder entrar; giro la vista y ahí está mi cuadro, las manos me tiemblan y el corazón parece entrar en una especie de trance frenético siguiendo el ritmo de unos tambores tribales que golpean mi pecho de forma violenta. De repente me quedo paralizado, me asaltan las dudas, me envuelven los miedos dando fuerza a mis más temidos fantasmas. Cierro los ojos y me acerco al cuadro, ordeno mis pensamientos, espanto a los malos espíritus a golpes de esperanza y me preparo…sea lo que sea necesito verlo, necesito ver qué encierra mi cuadro, necesito respuestas.
Abro los ojos y me enfrento cara a cara con la Verdad, con mi verdad. Me concentro y observo paciente el lienzo: la isla, la sombra bajo el árbol y…y Ella, una sombra que se antoja femenina con su larga melena al viento. Noto que me mira desde un halo de penumbra que envuelve la circunstancia, me mira serena y tranquila como si quisiera decirme algo, me acerco más y escucho algo…”Estabas buscando en el lugar equivocado, siempre he estado aquí, esperando. Sabes que soy amante de la lluvia como tú Náufrago”.

Todas esas palabras salidas de la nada se agolpan en mi mente y me golpean como las aguas de un río contra una presa. Es entonces cuando comienzo a comprender, ahora soy consciente de que mi cuadro es realmente algo más que un simple lienzo enmarcado, ahora comprendo y sé que mi cuadro es realmente mi subconsciente que dibuja aquello que anhelo, aquello que no se puede expresar con palabras, aquello que necesita una paleta de colores, colores del alma.

lunes, 2 de marzo de 2009

Memorias de un Náufrago


Capítulo 3: Amante de la Luna

Me invade esa sensación que acude a todo ser soñador cuando sueña que cae por un precipicio y, con el corazón alterado, abro los ojos. Me despierto y me incorporo pesadamente en la cama, estoy en mi cuarto, como si todo lo sucedido no hubiera sido más que un extraño sueño.
Todo está en su sitio y el cuadro sigue ahí, aunque ha cambiado de nuevo. Ahora, lo que antes parecía un bosque mediterráneo, es una isla desierta; las dos figuras siguen donde estaban, difusas y extrañamente familiares.
Me asomo por la ventana, ha anochecido y está lloviendo. Decido que es mejor salir y despejarme para poner en orden mis alborotados pensamientos.

Es una noche lluviosa en las oscuras calles de mi ciudad. Mis pisadas quedan mudas ante el repiquetear de las gotas de un incesante monzón en época equivocada. A pesar de la lluvia la sensación no es fría, un extraño calor recorre mi cuerpo con cada inhalación de aire que entra en mis pulmones. Me voy empapando por la falta de un paraguas, nunca llevo paraguas.
Voy caminando y, entre las sombrías fachadas de los edificios, veo que todavía queda un garito abierto que da un poco de luz a la calleja, entro. El local está ambientado con una música que no sé clasificar, espero que el encargado sea más diestro al servir copas. La decoración es más propia de pub inglés que de tasca española. Curiosa fauna la de aquel sitio, parecían salidos de alguna película de piratas, incluso había un tipo con un parche.
Me dirijo a la barra y me siento en una banqueta como buen samaritano, rápidamente, el barman se me acerca y balbucea algo que supongo tiene que ver con lo que quiero tomar, porque yo tranquilamente le respondo “una cerveza” y aquel orondo señor asiente y, acto seguido, rellena una jarra hasta sus bordes con una capa suave de espuma y la deja ante mí con un golpe seco y firme.
Echo una ojeada al lugar y me veo allí sentado con la espalda curva y el bigote manchado de espuma, bajo la tenue luz amarillenta de unos faroles que cuelgan desiguales por el techo como estalactitas luminosas. El ambiente es tranquilo, sin demasiado ruido y poco humo de los condenados fumadores. Cada cual a lo suyo, concentrados en sus respectivas bebidas y en sus acompañantes, si los tenían. Así pues, me dispongo a imitar al común de los mortales y me sumerjo en mis pensamientos, intentando ahogar alguna que otra pena en el amargo brebaje dorado.
El tertuliano que se sienta a unos centímetros de mí, saca unas monedas de su bolsillo y las deja sobre la barra, no sin antes haber contado religiosamente la cantidad exacta y devolver el resto a su chaqueta, guardando el preciado metal que tantas alegrías y desgracias nos causa. El presunto pirata se levanta pesadamente y se marcha entre resuellos propios de un hombre cansado de la vida. Sin darme cuenta, me había quedado mirando en la dirección en la cual ahora no hay más que un hueco, pero grande es mi sorpresa cuando dos banquetas más allá, una mujer de largo cabello moreno, da largos sorbos a una cerveza mientras parece sumida en sus propias cavilaciones. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, no puedo dejar de mirarla. Ella alza la vista y me mira ofreciéndome una sonrisa de mirada cansada.

Tras dos tragos de cerveza, decido acortar la distancia y me siento junto a ella. Me presento y le pregunto por su nombre, ella me responde con una voz suave y dulce mientras me mira fijamente con unos ojos profundos e hipnóticos. Hay algo en esta mujer que me hace sentir una calma envolvente.
Comenzamos la típica conversación entre dos desconocidos, de esas que se tienen para trazar un pequeño esquema sobre el pasado, el presente y algo del futuro. Es como si fuéramos dos pintores que se están retratando el uno al otro en el mismo momento.
Apuro mi cerveza y veo que ella hace lo mismo, dejando las miradas fijas en las jarras como si quisiéramos adivinar tiempos venideros en los posos de la bebida. Alzo la vista y coincido con la suya, al instante cruza, fugaz, un pensamiento por mi mente y sin pararme a reflexionar le pregunto: “¿Quién eres?”. Ella, un poco contrariada, me mira con el entrecejo fruncido en actitud interrogativa como si no comprendiera la pregunta. Agacha la mirada y, tras unos latidos del corazón, alza la tez y aparta un mechón de pelo que cae juguetón sobre su rostro, me mira y me responde: “Soy amante de la luna como tú, Náufrago”.
Esa respuesta hace que mi piel se erice y siento una especie de oquedad en mi pecho lista para ser ocupada por una esencia que me complete. Siento como se acorta la distancia entre nosotros, sin la necesidad de movernos del sitio. Siento como su alma y la mía se conectan de alguna manera extraña.

viernes, 29 de agosto de 2008

Relatos de un Guerrero

Capítulo 2: Despertar


Luz...Huele a tierra mojada...Susurra el viento...
No puedo moverme, estoy en una cama dura y fría rodeado de tenue oscuridad.
Un rayo de luz...Es por la mañana, los pájaros trinan y la luz es débil. Está amaneciendo, puedo sentir la brisa en mi cara. Las paredes son de madera y el aire se filtra entre las angostas ranuras.
Huele a tierra mojada...
Me incorporo con dificultad y vislumbro las gotas del rocío que invaden la ventana. La luz se hace más intensa...
Tengo frío...
La madera se resiente bajo mis pies, parece como si la casa hablara pero sólo cruje. Me duele la cabeza, me invade cierta sensación de embriaguez; me tambaleo como una piñata golpeada por alegres chiquillos.
Tengo frío...
Un simple camisón cubre mi cuerpo, voy descalzo. Abro la puerta, luz...Ante mí un inmenso prado verde, sólo verde. A lo lejos bosque, un mar de árboles frondosos y enormes.
Huele a tierra mojada...
Silencio...Únicamente se oye el crepitar de los árboles y el silbar del viento.
Tengo frío...
Una figura. En mitad del océano verde una figura, delicada, de largos cabellos oscuros. Huye. Corre hacia el bosque, pero no penetra en él. Se para y me observa, quiere que la siga. Me enfundo en una cota de cuero negro y me coloco el gabán de idéntico color, botas negras y guantes negros. Llevo la testa oculta bajo una capucha.
Ya no siento frío...
Cojo mi espada y me la coloco a la espalda de forma que la empuñadura sobresale por mi hombro derecho.
Me está llamando...no habla, pero me está llamando...
Huele a tierra mojada...

Comienzo a caminar en dirección al bosque. Ella está posada sobre la hierba, protegida por dos enormes árboles. Inmóvil, me observa fijamente, atrayéndome con sus profundos ojos.
Una melodía invade mi mente y hace aflorar sentimientos que ni siquiera sabía que existían. Es curioso, sus labios carnosos no se despegan, pero aún así yo la oigo. Intento entender la canción, mas es una lengua desconocida para mí.
Suena bien…
Intento detenerme aunque no lo consigo, mis pies se deslizan sobre un manto verde salpicado de colores. Estoy cada vez más cerca y ella sigue en pie, inmóvil con su mirada fija en mí como si de una estatua, esculpida con sumo cuidado, se tratara.
De repente rompe su quietud y su delicada mano se adelanta invitándome a que sostenga sus delgados dedos.
Tengo frío…
Un manto oscuro ha cubierto el cielo mientras diminutas lucecitas blanquecinas se reparten el techo del mundo. La luna llena ilumina la oscuridad de la noche y la figura femenina sigue allí, con el brazo extendido, la mirada fija y los labios sellados.
La canción de mi mente se detiene y la hermosa figura ha emprendido una carrera a través del denso bosque. Me ajusto la espada y comienzo la persecución. Es rápida, muy rápida. Se desplaza por el bosque como si el suelo estuviera libre de arbustos y maleza.
No es humana, no puede ser humana. Pude vislumbrar sus rasgos y eran demasiado bellos para una mujer de mi raza, además creí ver sus orejas terminadas en punta. Es elfa, la canción estaba en élfico, pero un dialecto que no conozco.
Silencio…
Ha cesado el leve crujir de las hojas secas…Se ha detenido, me observa desde algún lugar donde mis pobres ojos no alcanzan a verla. Agudizo mis sentidos, concentro mi mente y respiro lentamente…silencio…demasiada calma, demasiado silencio para un bosque, ni un roedor, ni un pájaro, nada…
Deslizo suavemente mi mano hacia la empuñadura de mi espada, pero no, demasiado larga para poder luchar entre esta espesura. Con la misma suavidad anterior mi mano se desliza buscando la daga oculta que pende de mi cinturón. La hoja rompe el silencio por el roce con la vaina.
Algo se mueve tras de mí. Puedo sentirlo. De nuevo reina un absoluto silencio…está cerca, muy cerca…Me daré la vuelta rápidamente y sorprenderé a mi atacante con un tajo fugaz.
Se rompe el silencio por el crujido de una rama seca. Estoy seguro, está tras de mí. Tengo que ser rápido y certero.
¡¡Ahora!! Giro bruscamente con los ojos bien abiertos y el puño apretado sujetando con fuerza la daga…Falsa alarma, una figura que no levanta más de veinte centímetros del suelo. Es un tejón que busca comida al resguardo de la noche.
Espera, otra vez esa sensación…Alguien me ha cogido del brazo y me ha desarmado… ¿quién es?...El tacto de su piel es suave y no aprieta con demasiada fuerza, pero me siento débil…me duele.
Ella acerca su hermosa boca a mi oído y susurra unas palabras:
- Nenlass, anma sôn nenlass.

No se qué significa, aunque no lo dice con odio. Su voz emana tristeza y un leve brillo producido por la luz de la luna me indica que lágrimas surcan su rostro, dejando marcas de dolor.
Lentamente saca el puñal de mi espalda.
- Nenlass, anma sôn nenlass.
De forma pausada me va dejando caer al suelo entre sollozos…No comprendo nada, ¿por qué mi asesino llora a su víctima?
Rebusca entre sus extraños ropajes que simulan a la naturaleza, hasta que da con lo que buscaba. Saca un pequeño papel y lo introduce en mi bolsillo…Se me está nublando la visión, su voz está cada vez más lejana.
- Nenlass, anma sôn nenlass.
La veo marcharse y desaparecer entre el oscuro bosque, secándose las lágrimas. No comprendo nada…No duele la herida, sólo quiero descansar, tengo sueño…oscuridad…silencio…ya no duele.


martes, 29 de abril de 2008

Relatos de un Guerrero

Capítulo 1: El encuentro
Escucho un ruido a mi espalda, me doy la vuelta tranquilamente con las manos en la empuñadura de mi acero. Pobre infeliz, no sabe con quién se enfrenta.
- Te doy la oportunidad de que huyas. No te lo voy a repetir así que piensa bien tu próximo movimiento si no quieres pasar a mejor vida.
- ¡Maldito arrogante! ¡Vas a morir!

Aquel desgraciado desenvainó y se abalanzó sobre mí sin tan siquiera pensar una estrategia, solamente impulsado por su instinto asesino.
Veo perfectamente la escena, es como si ocurriera todo ralentizado por algún extraño hechizo. El futuro cadáver se apresuraba hacia mí con la espada en alto, no tengo más que desviar su mandoble y desenvainando mi daga apuñalar su costado.
Sucedió tal como predije, con un movimiento fugaz aparté su golpe quedando mi espada con la punta en el suelo y dejándome desprotegido, aunque no contaba con la destreza de mi mano izquierda que no permitió más ataques, pues un puñal hacía correr la sangre en su lado derecho.
Su cara me dijo que había acertado y en sus ojos la rabia se tornó en miedo y dolor. No quería prolongar su sufrimiento a sí que alcé la espada desde el suelo abriéndole el pecho mortalmente.

- No te enfrentes a oponentes más fuertes que tú, suicidarse no sirve de nada.

Abandoné aquella sala que olía a muerte, atravesé un oscuro pasillo, subí por unas escaleras de caracol, abrí bruscamente la puerta que apareció frente a mí y entré en una gran sala de aspecto diáfano con armas colgadas por toda la pared, armas de todo tipo.
Algo me decía que no estaba sólo en aquella semipenumbra.

- Muéstrate, sé que estás ahí.

- ¿Me pasas la espada que hay a tu espalda?, es mi favorita.

De entre las sombras surgió un personaje bastante curioso, no ya por su aspecto sino por la tranquilidad de su voz. Este podía ser un buen enemigo a batir; hacía tiempo que no encontraba a nadie a mi altura, así que descolgué el arma de la pared y se la lancé amistosamente en señal de respeto.
Estuvimos un par de minutos observándonos mutuamente, midiéndonos, trazando planes de ataque, sopesando las diferentes posibilidades.
Sus ojos no me trasmitían ninguna sensación, ningún sentimiento. Él me miraba con ojos cansados, su cuerpo firme y bien moldeado no acompañaba a aquella mirada. Una mirada tranquila como su voz, una mirada muda.
Mi tranquilo acompañante inició el duelo con estocadas sencillas fáciles de interceptar, sólo quería probar mi habilidad como espadachín, medir las fuerzas antes de entablar el verdadero combate. Su juego de pies era magnífico, casi podría decir que estaba peleando con un bailarín, pero lo que verdaderamente me sorprendió fueron sus ojos. Aquella mirada no había cambiado lo más mínimo, seguía impasible, sin expresión, sin emociones.
He luchado con multitud de guerreros y todos ellos me hablan a través de sus ojos. Unos están llenos de rabia, otros de odio, algunos con miedo, otros disfrutan con el fervor de la batalla o sesgando vidas e incluso algunos sólo buscan poder encontrar algo de valor entre los despojos de sus víctimas. En cambio estos ojos son como dos cuencas vacías, lo único que puedo acertar es una mirada cansada.

El duelo se intensifica y los aceros entrechocan hábilmente, su destreza es envidiable y consigue ponerme a la defensiva, por lo que me veo obligado a empuñar la daga para usarla en la ofensiva mientras la espada evita que este “cansado” espadachín salga victorioso.
Tengo que encontrar un hueco entre sus defensas antes de que la fatiga haga mella en mis reflejos.
Doy un salto hacia atrás con el fin de preparar alguna estratagema, pero mi contrario no está dispuesto a dejarme pensar ni un solo segundo y con la hoja en alto viene en mi busca. Puedo aprovechar y repetir el ataque que terminó con mi anterior rival, así que con una fugaz estocada desvío la trayectoria de la espada que busca mi cabeza, me balanceo hacia atrás para tomar impulso y poder ensartarlo con mi puñal. Sorprendentemente mi cansado amigo esquiva mi intento con gran agilidad y volvemos a encontrarnos a una distancia prudente de examen mutuo.
Es como si todo hubiera vuelto al principio del duelo, a excepción de una extraña mueca que se dibujaba lentamente a modo de sonrisa en los labios de mi enemigo, mas sus ojos continuaban vacíos.
Su mirada cansada desvía la mía hacia la herida en el brazo. Ahora era mi sangre la que emanaba de un pequeño corte situado por debajo de mi hombro. Esto me pasa por subestimarle, ¡qué estúpido!, usar la misma maniobra con dos duelistas totalmente distintos en habilidad.

- Ha estado bien, me he divertido. Nos volveremos a encontrar.

- ¡¿Qué?! Esto no ha acabado, no seas cobarde.

- Cuando mejores nos encontraremos de nuevo. Tú mismo lo dijiste, suicidarse no sirve de nada.

Dicho esto regresó a las sombras de donde había salido y desapareció.

sábado, 22 de marzo de 2008

Memorias de un Náufrago

Capítulo 2: Reflexiones


Miro por la ventana y veo que ha salido el sol, pero las nubes todavía no se han ido. Siguen ahí conspirando, esperando verme salir sin paraguas para llorarme y cubrirme con sus lágrimas insípidas.
Me gusta quedarme de pie mirando por la ventana, observando la ciudad desde mis alturas, observando una ciudad inmóvil inmersa en su infinito trajín de gente, coches, perros, gatos y demás actores de toda urbe de este mundo.
Me gusta vivir lejos, alejado de ese esperpéntico concierto de claxon, sirenas y multitud de voces. Me gusta saber que respiro aire limpio y que tengo un bosque tan cercano que podría ser ermitaño en mi propia casa. En cierto modo lo soy, soy un ermitaño con función de embajador, un náufrago en una isla desierta con puerto.
Quizá sea yo la figura del cuadro, una sombra en mitad del paisaje vacío. Una sombra bajo la luz es sombra, pero una sombra bajo la oscuridad se pierde, se hace oscuridad.
¡Bah! No hago más que desvariar en un mundo tan cuerdo que enloquecería hasta al más cabal, que no es más que justificar mi propia locura.
No puedo evitar pensar en una vida en comunión con la naturaleza, disfrutando de los árboles, de las flores, los animales, saborear los olores que trae una leve ráfaga de viento, escuchar el maravilloso silencio entre ramas nerviosas y algún que otro trinar. Tumbarse a la sombra de un olivo con no más que mi propio pensamiento, sin preocuparme por las agujas de un maldito dios que apuñala la tranquilidad con cada tic-tac de sus brazos en circular movimiento. La maldición del hombre, estar atrapado en el devenir de su propia historia no escrita; estúpidas cárceles para Cronos…
Desvío la mirada y observo otro cambio en mi cuadro, ya no es ese simple paisaje de niño, ahora es más complejo, la vegetación es más variada y ha crecido un olivo que da sombra bajo sus numerosas ramas. Pero la figura sigue sola aunque ya no está tan difusa, puedo acertar ciertos rasgos, sin embargo sigo sin averiguar si se trata de un hombre o una mujer.
La figura ahora está sentada bajo el hacedor de aceitunas, mirando al frente, mirándome a mí; incluso me atrevería a decir que intenta decirme algo, que intenta hablarme. No averiguo su rostro y a pesar de ello me resulta conocido, me trasmite confianza, tranquilidad.
Nunca pensé que un cuadro pudiera trastocar mi vida de tal forma como lo hace este, mi cuadro.
Un desagradable sonido me saca de mi abstracción. Miro mi muñeca y le dedico una mirada de desprecio a la prisión del tiempo que me avisa de mis compromisos con la realidad. ¡Qué mundo de prisas y sin descanso!
Muchas veces me invade el deseo de huir fuera de esta fugaz sociedad de carreras laberínticas hacia una meta sin definir, una meta sin medalla segura y con tantos obstáculos como un campo de minas. Horrible competencia la de este mundo.
Pero en fin, tendré que ponerme a estudiar un día más, un día más sin importancia, sin nada especial. En realidad como todos los demás.
Qué manía tiene la gente rodeando en el calendario aquellos días “especiales”, aniversarios, cumpleaños, festivos, el primer beso, el día que la conocí y así hasta un sinfín de razones para colorear “ese” día en el almanaque.
Qué estupidez, nos empeñamos en que esos días sean felices y maravillosos y si no es así caemos en depresión o por lo menos nos enfadamos.
El primer beso, ¡ja!, cuando lo di ni siquiera sabía lo que significaba besar y no me refiero a unir los labios, eso sabe hacerlo todo el mundo, lo que digo es unirte a otra persona de tal manera que el vello se te erice y un enjambre de mariposas atrapado en el vientre baile al son de los latidos de un corazón tembloroso.
El aniversario, otra estupidez, reducir esas mariposas a un círculo sobre un número insulso y aderezarlo con regalos que cuando todo acabe pasarán a ser fantasmas habitantes de un cajón que nos dará miedo abrir por recordar un pasado olvidado.
Total, más vale que me ponga a estudiar de una vez antes de que llegue la noche y eche otra tarde por alto con mis devaneos mentales.
Dejo de mirar por la ventana y preparo mi atril sobre la mesa de estudio, pero antes de sentarme en la silla dispuesto a sumergirme en el compromiso, descubro otro cambio más en mi cuadro. Ha surgido otra sombra.
Parpadeo y me froto los ojos para comprobar que no es una ilusión, vuelvo a mirar y sigue ahí. No es una figura humana, parece un perro o más bien un lobo, un lobo agazapado entre la maleza como esperando algo.
Lo miro fijamente y noto que él también me mira, oculto entre la novicia vegetación. De repente oigo algo, un mensaje difuso, cierro los ojos e intento agudizar mi oído para escuchar los extraños susurros.
Una brisa acaricia mi pelo y un aroma floral hace que abra los ojos. No puede ser, estoy en medio de un bosque, estoy en medio de mi bosque. Noto como algo me observa inquisitivamente, se levanta y la sombra se perfila con forma canina.
Es imposible, estaba en mi cuarto, cierro los ojos y en cuanto los abro estoy dentro de mi cuadro…

sábado, 23 de febrero de 2008

Memorias de un Náufrago

Capítulo I: El cuadro


Hoy he comprado un cuadro, no sé porqué, no soy aficionado al arte, pero aquel hombre me hipnotizó con su mirada y no pude evitar acercarme.
Era un personaje bastante curioso, barba abundante y canosa, gafas redondas y pequeñas, vestía de forma muy peculiar, parecía algún espadachín a sueldo salido de la imaginación de Pérez Reverte mezclado con un lúcido Quijote…

- Hola Náufrago, tengo algo para ti.

Me quedé sorprendido, ¿cómo aquel extraño vendedor ambulante sabía mi nombre?, pero no mi nombre sino mi pseudónimo, es decir, sabía quién era, aunque no quién era para los demás sino quién era para mí mismo.

- No te preocupes no soy de la CIA ni del servicio secreto, - una leve sonrisa se dibujó en aquel rostro semioculto - dejémoslo en que soy un viejo amigo.

Yo seguía sin salir de mi asombro e intentaba escrutar aquel rostro oscurecido por la sombra de un sombrero de ala ancha. Tras fracasar en mi intento por descubrir quién era aquel anónimo personaje me atreví a hablar:

- ¿Quién eres?
- Ya te lo he dicho, ¿es que no escuchas? Soy un viejo amigo.
- Viejo sí, pero amigo…no sé. No recuerdo haberte visto nunca.
- ¡Jaja!, no soy tan viejo como parece pequeño aprendiz. Y respecto a lo de haberme visto, pues quizá no lo hayas hecho, pero porque no has querido.
¡Pero bueno! Vamos a lo que vamos…tengo algo para ti.
- ¿Qué es?
- Un cuadro.
- ¿Un cuadro?
- Sí un cuadro – rebuscó entre sus cosas y sacó un lienzo de unos 40cm de largo y 30 de alto - Toma cógelo, es tuyo.

Receloso, aunque picado por la curiosidad, lo agarré y lo observé atento. Quedé absorto hasta que la voz de “mi amigo” me sacó de mi abstracción:

- Verás que es un paisaje vacío, pero no te preocupes se irá completando con el tiempo.
- Yo no sé dibujar – le dije sin levantar la mirada de mi cuadro.
- En ningún momento te he dicho que tengas que saber dibujar, ni tienes que aprender, mas tu cuadro se irá completando, ya lo verás.

De repente comenzó a llover y raudo resguardé mi cuadro como pude en mi mochila. Cuando alcé la mirada mi “viejo amigo” se había esfumado, debía de correr como un condenado porque no llegué a ver cómo se alejaba por alguno de los extremos de la calle.

Qué extraño personaje…la verdad es que estas cosas sólo me suceden a mí, creo que tengo una especie de imán que atrae a los locos, pero locos extraños si es que eso existiera.

No llevo paraguas, pero no me importa, me gusta que me llueva. Me gusta sentir las gotas recorrer mi rostro hasta que deciden suicidarse y lanzarse al vació para estallar en racimo.
No paró de llover en todo el camino, es más diría que conforme me iba acercando a mi casa más intensa se hacía la lluvia.
Los paraguas son una mierda, siempre termino rompiéndolos o perdiéndolos por algún lugar, además siempre que lo llevo no llueve o llueve con viento, lo que lo hace inútil y cuando lo dejo en casa siempre me llueve, pero en fin qué más da, si me gusta mojarme.

A los veinte minutos caminando bajo la lluvia llegué a mi casa, saqué las llaves, abrí la puerta, me descolgué la mochila, me quité el abrigo empapado y saqué mi cuadro. Seguía vacío, un paisaje con no más que árboles, montañas y nubes; podría decirse que es el típico paisaje que imagina un niño cuando se le manda que dibuje uno.

Subí las escaleras y entré en mi cuarto, silencioso y oscuro. Encendí la luz y rápidamente supe donde iba a colgar mi cuadro, así que sin darle más vueltas fui a por las herramientas necesarias e hice un par de agujeros en la pared, encajé dos alcayatas…et voila!


Devolví las herramientas a su sitio y cuando entré de nuevo en mi cuarto vi que había algo nuevo en mi cuadro. Pensé que era una mancha, pero conforme me iba acercando me daba cuenta de que era una figura humana, como una sombra sin rostro definido, no sabría decir si era hombre o mujer.
Allí estaba de pie, como observándome desde la oscuridad, una figura solitaria en mitad de aquel paisaje…