martes, 29 de abril de 2008

Relatos de un Guerrero

Capítulo 1: El encuentro
Escucho un ruido a mi espalda, me doy la vuelta tranquilamente con las manos en la empuñadura de mi acero. Pobre infeliz, no sabe con quién se enfrenta.
- Te doy la oportunidad de que huyas. No te lo voy a repetir así que piensa bien tu próximo movimiento si no quieres pasar a mejor vida.
- ¡Maldito arrogante! ¡Vas a morir!

Aquel desgraciado desenvainó y se abalanzó sobre mí sin tan siquiera pensar una estrategia, solamente impulsado por su instinto asesino.
Veo perfectamente la escena, es como si ocurriera todo ralentizado por algún extraño hechizo. El futuro cadáver se apresuraba hacia mí con la espada en alto, no tengo más que desviar su mandoble y desenvainando mi daga apuñalar su costado.
Sucedió tal como predije, con un movimiento fugaz aparté su golpe quedando mi espada con la punta en el suelo y dejándome desprotegido, aunque no contaba con la destreza de mi mano izquierda que no permitió más ataques, pues un puñal hacía correr la sangre en su lado derecho.
Su cara me dijo que había acertado y en sus ojos la rabia se tornó en miedo y dolor. No quería prolongar su sufrimiento a sí que alcé la espada desde el suelo abriéndole el pecho mortalmente.

- No te enfrentes a oponentes más fuertes que tú, suicidarse no sirve de nada.

Abandoné aquella sala que olía a muerte, atravesé un oscuro pasillo, subí por unas escaleras de caracol, abrí bruscamente la puerta que apareció frente a mí y entré en una gran sala de aspecto diáfano con armas colgadas por toda la pared, armas de todo tipo.
Algo me decía que no estaba sólo en aquella semipenumbra.

- Muéstrate, sé que estás ahí.

- ¿Me pasas la espada que hay a tu espalda?, es mi favorita.

De entre las sombras surgió un personaje bastante curioso, no ya por su aspecto sino por la tranquilidad de su voz. Este podía ser un buen enemigo a batir; hacía tiempo que no encontraba a nadie a mi altura, así que descolgué el arma de la pared y se la lancé amistosamente en señal de respeto.
Estuvimos un par de minutos observándonos mutuamente, midiéndonos, trazando planes de ataque, sopesando las diferentes posibilidades.
Sus ojos no me trasmitían ninguna sensación, ningún sentimiento. Él me miraba con ojos cansados, su cuerpo firme y bien moldeado no acompañaba a aquella mirada. Una mirada tranquila como su voz, una mirada muda.
Mi tranquilo acompañante inició el duelo con estocadas sencillas fáciles de interceptar, sólo quería probar mi habilidad como espadachín, medir las fuerzas antes de entablar el verdadero combate. Su juego de pies era magnífico, casi podría decir que estaba peleando con un bailarín, pero lo que verdaderamente me sorprendió fueron sus ojos. Aquella mirada no había cambiado lo más mínimo, seguía impasible, sin expresión, sin emociones.
He luchado con multitud de guerreros y todos ellos me hablan a través de sus ojos. Unos están llenos de rabia, otros de odio, algunos con miedo, otros disfrutan con el fervor de la batalla o sesgando vidas e incluso algunos sólo buscan poder encontrar algo de valor entre los despojos de sus víctimas. En cambio estos ojos son como dos cuencas vacías, lo único que puedo acertar es una mirada cansada.

El duelo se intensifica y los aceros entrechocan hábilmente, su destreza es envidiable y consigue ponerme a la defensiva, por lo que me veo obligado a empuñar la daga para usarla en la ofensiva mientras la espada evita que este “cansado” espadachín salga victorioso.
Tengo que encontrar un hueco entre sus defensas antes de que la fatiga haga mella en mis reflejos.
Doy un salto hacia atrás con el fin de preparar alguna estratagema, pero mi contrario no está dispuesto a dejarme pensar ni un solo segundo y con la hoja en alto viene en mi busca. Puedo aprovechar y repetir el ataque que terminó con mi anterior rival, así que con una fugaz estocada desvío la trayectoria de la espada que busca mi cabeza, me balanceo hacia atrás para tomar impulso y poder ensartarlo con mi puñal. Sorprendentemente mi cansado amigo esquiva mi intento con gran agilidad y volvemos a encontrarnos a una distancia prudente de examen mutuo.
Es como si todo hubiera vuelto al principio del duelo, a excepción de una extraña mueca que se dibujaba lentamente a modo de sonrisa en los labios de mi enemigo, mas sus ojos continuaban vacíos.
Su mirada cansada desvía la mía hacia la herida en el brazo. Ahora era mi sangre la que emanaba de un pequeño corte situado por debajo de mi hombro. Esto me pasa por subestimarle, ¡qué estúpido!, usar la misma maniobra con dos duelistas totalmente distintos en habilidad.

- Ha estado bien, me he divertido. Nos volveremos a encontrar.

- ¡¿Qué?! Esto no ha acabado, no seas cobarde.

- Cuando mejores nos encontraremos de nuevo. Tú mismo lo dijiste, suicidarse no sirve de nada.

Dicho esto regresó a las sombras de donde había salido y desapareció.

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