sábado, 22 de marzo de 2008

Memorias de un Náufrago

Capítulo 2: Reflexiones


Miro por la ventana y veo que ha salido el sol, pero las nubes todavía no se han ido. Siguen ahí conspirando, esperando verme salir sin paraguas para llorarme y cubrirme con sus lágrimas insípidas.
Me gusta quedarme de pie mirando por la ventana, observando la ciudad desde mis alturas, observando una ciudad inmóvil inmersa en su infinito trajín de gente, coches, perros, gatos y demás actores de toda urbe de este mundo.
Me gusta vivir lejos, alejado de ese esperpéntico concierto de claxon, sirenas y multitud de voces. Me gusta saber que respiro aire limpio y que tengo un bosque tan cercano que podría ser ermitaño en mi propia casa. En cierto modo lo soy, soy un ermitaño con función de embajador, un náufrago en una isla desierta con puerto.
Quizá sea yo la figura del cuadro, una sombra en mitad del paisaje vacío. Una sombra bajo la luz es sombra, pero una sombra bajo la oscuridad se pierde, se hace oscuridad.
¡Bah! No hago más que desvariar en un mundo tan cuerdo que enloquecería hasta al más cabal, que no es más que justificar mi propia locura.
No puedo evitar pensar en una vida en comunión con la naturaleza, disfrutando de los árboles, de las flores, los animales, saborear los olores que trae una leve ráfaga de viento, escuchar el maravilloso silencio entre ramas nerviosas y algún que otro trinar. Tumbarse a la sombra de un olivo con no más que mi propio pensamiento, sin preocuparme por las agujas de un maldito dios que apuñala la tranquilidad con cada tic-tac de sus brazos en circular movimiento. La maldición del hombre, estar atrapado en el devenir de su propia historia no escrita; estúpidas cárceles para Cronos…
Desvío la mirada y observo otro cambio en mi cuadro, ya no es ese simple paisaje de niño, ahora es más complejo, la vegetación es más variada y ha crecido un olivo que da sombra bajo sus numerosas ramas. Pero la figura sigue sola aunque ya no está tan difusa, puedo acertar ciertos rasgos, sin embargo sigo sin averiguar si se trata de un hombre o una mujer.
La figura ahora está sentada bajo el hacedor de aceitunas, mirando al frente, mirándome a mí; incluso me atrevería a decir que intenta decirme algo, que intenta hablarme. No averiguo su rostro y a pesar de ello me resulta conocido, me trasmite confianza, tranquilidad.
Nunca pensé que un cuadro pudiera trastocar mi vida de tal forma como lo hace este, mi cuadro.
Un desagradable sonido me saca de mi abstracción. Miro mi muñeca y le dedico una mirada de desprecio a la prisión del tiempo que me avisa de mis compromisos con la realidad. ¡Qué mundo de prisas y sin descanso!
Muchas veces me invade el deseo de huir fuera de esta fugaz sociedad de carreras laberínticas hacia una meta sin definir, una meta sin medalla segura y con tantos obstáculos como un campo de minas. Horrible competencia la de este mundo.
Pero en fin, tendré que ponerme a estudiar un día más, un día más sin importancia, sin nada especial. En realidad como todos los demás.
Qué manía tiene la gente rodeando en el calendario aquellos días “especiales”, aniversarios, cumpleaños, festivos, el primer beso, el día que la conocí y así hasta un sinfín de razones para colorear “ese” día en el almanaque.
Qué estupidez, nos empeñamos en que esos días sean felices y maravillosos y si no es así caemos en depresión o por lo menos nos enfadamos.
El primer beso, ¡ja!, cuando lo di ni siquiera sabía lo que significaba besar y no me refiero a unir los labios, eso sabe hacerlo todo el mundo, lo que digo es unirte a otra persona de tal manera que el vello se te erice y un enjambre de mariposas atrapado en el vientre baile al son de los latidos de un corazón tembloroso.
El aniversario, otra estupidez, reducir esas mariposas a un círculo sobre un número insulso y aderezarlo con regalos que cuando todo acabe pasarán a ser fantasmas habitantes de un cajón que nos dará miedo abrir por recordar un pasado olvidado.
Total, más vale que me ponga a estudiar de una vez antes de que llegue la noche y eche otra tarde por alto con mis devaneos mentales.
Dejo de mirar por la ventana y preparo mi atril sobre la mesa de estudio, pero antes de sentarme en la silla dispuesto a sumergirme en el compromiso, descubro otro cambio más en mi cuadro. Ha surgido otra sombra.
Parpadeo y me froto los ojos para comprobar que no es una ilusión, vuelvo a mirar y sigue ahí. No es una figura humana, parece un perro o más bien un lobo, un lobo agazapado entre la maleza como esperando algo.
Lo miro fijamente y noto que él también me mira, oculto entre la novicia vegetación. De repente oigo algo, un mensaje difuso, cierro los ojos e intento agudizar mi oído para escuchar los extraños susurros.
Una brisa acaricia mi pelo y un aroma floral hace que abra los ojos. No puede ser, estoy en medio de un bosque, estoy en medio de mi bosque. Noto como algo me observa inquisitivamente, se levanta y la sombra se perfila con forma canina.
Es imposible, estaba en mi cuarto, cierro los ojos y en cuanto los abro estoy dentro de mi cuadro…

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