domingo, 17 de mayo de 2009

Sueños de una noche de primavera


La inmortalidad de lo perecedero

Era un hombre entregado a la noche,
iluminado por hogueras que prenden sin fuego,
inundado por agua dulce del mar.

Era un hombre de espíritu joven,
con canas blancas y grises, de nube y tempestad;
hombre curtido, bañado en lágrimas sucias,
gotas de sangre, de sacrificio.
Sacrificio a dioses sin altar, sin templo,
sin castigos ni premios, sin cielo y sin averno.

Era un hombre despierto entre sombras,
desatado y sin cadenas, sin caverna;
deseando poder ver más allá,
deseando beber néctar de ambrosía.
Hombre de ideales, hombre libre,
hombre de la tierra y su mortalidad.

Era un hombre entregado a la luna,
iluminado por sueños que nacen sin miedo,
inundado por la plenitud de la inmortalidad,
inmortalidad de lo perecedero.


1 comentario:

Poeta Despierto dijo...

Érase un hombre que con su presencia marchitaba la oscuridad y asesinaba a la tristeza.
Érase un hombre que nunca acaba porque siempre empieza.
"Érase que se era".

Un Abrazo, Hermano.