Necesito amar, pero no sé cómo. Jaula de barrotes herrumbrosos que se desmoronan lentamente sobre el reino de Morfeo, y me desvelan una noche eterna, que dura todo el día. No quiero al Sol, porque quema los brotes de esas flores que causan en mí el estertor de vida. Oscuro néctar que beben mis versadas memorias. Pirámides que esclavizan las almas de cinco guerreros avezados en la batalla líquida absorbida por enemigos íntimos diáfanos y albos.
Necesito amar, pero no sé cómo. Sombras de realidades ajenas, que castigan con cadenas de ilusiones y espejismos, que evaporan con el tacto de promesas e idilios. Disfraces de falsos personajes, mentiras que me consumen como el fuego a los cirios. Roles de falsos hombres, engaños que me carcomen como el viento a los riscos.
Necesito amar, pero no sé cómo. Quizás por miedo a fracasar. Quizás por miedo a mí mismo, pero necesito amar, aunque no sé cómo conseguirlo.
Qué extraña sensación se apodera de mí cuando me poso sobre la seda y la miel de tus besos.
Qué extraño deambular cuando recojo las botellas que diste a la mar y leo tus mensajes ocultos repletos de enigmas y secretos.
Qué extraña sensación ver correr a la soledad cuando observo tus pisadas impresas sobre mi arena de azúcar y sal.
Qué extraño limbo verte y no verte, sentirte ausente lejos de mi cuerpo, dentro de mi mente.
Cerrar juntos las puertas que abrimos, echar la llave, yo, solamente. Construir muros de cristal para mirarte sin poseerte. Animal enjaulado, cimarrón demente.
Extraña sensación volver a ser montaraz de una isla que no parece diferente, a pesar de tu ausencia, a pesar de mi suerte.
Qué extraño soñar con la sensación de naufragar en un nunca jamás para siempre.
Qué extraño adiós. Qué extraño volver a verte endiosada, prohibida, inalcanzable para este mortal, que tropieza nuevamente.
Es esa mujer que sólo se deja tocar por unos dedos prodigiosos. Que embriaga con su silueta de seis sonidos infinitos. Esa mujer que necesita el contacto del amor para ser escuchada. Que te atrapa en su oscuro agujero donde resuenan placeres y sueños. Es ella, la de madera moldeada por la destreza del tiempo. La de clavijas doradas que afinan su recuerdo. Es esa mujer creadora de belleza y sentimiento. Ninfa de suave tacto, anchas caderas, sonido perfecto. Esa mujer que sólo canta cuando descansa en tu regazo. Es ella la de quejíos al viento, nostalgia y melancolía, rasgada de sufrimiento. La que enamora sin palabras, con acordes lentos, bailando sobre las cuerdas con equilibrio perfecto. Esa mujer pura, clásica, mujer del pueblo.
Me veo claramente reflejado en sus espejos del alma, rodeado por la percusión de su alegría. Me veo imbuido por la magia de la música, la pintura y la poesía. Me veo claramente proyectado sobre fondo blanco. Me veo arriba, y claramente abajo.
Me veo en la voz de la poetisa y su lírica. Me veo en el sonido del músico y su guitarra. Me veo en la luz del escenario. Me veo claramente tranquilo, sin prisa. Me veo arriba, y claramente abajo, donde comienza el camino del arte y su fuerza crítica.
Era un hombre entregado a la noche, iluminado por hogueras que prenden sin fuego, inundado por agua dulce del mar.
Era un hombre de espíritu joven, con canas blancas y grises, de nube y tempestad; hombre curtido, bañado en lágrimas sucias, gotas de sangre, de sacrificio. Sacrificio a dioses sin altar, sin templo, sin castigos ni premios, sin cielo y sin averno.
Era un hombre despierto entre sombras, desatado y sin cadenas, sin caverna; deseando poder ver más allá, deseando beber néctar de ambrosía. Hombre de ideales, hombre libre, hombre de la tierra y su mortalidad.
Era un hombre entregado a la luna, iluminado por sueños que nacen sin miedo, inundado por la plenitud de la inmortalidad, inmortalidad de lo perecedero.